jueves, 18 de septiembre de 2014

Las malas palabras de rigor...


El "Apocalipsi": mi hijo de cuatro años aprendió a decir "Puta"... Como afirma el aprendiz de mago, y mi charlatán preferido, Alejandro Jodorowsky, toda mala palabra expresa una frustración. Mi hijo -por osmosis de a saber quién- así lo ha entendido y cada vez que se le cae su torre de Legos o falla en Angry Birds, dice sin dudar la repudiada "puta". Los planes de contingencia ya han comenzado y cada vez que la repite lo corregimos diciéndole que no se dice "puta", sino "pucha" (1). Las desgracias parecen no venir solas y la semana anterior me enteré que la UNAH comenzará una campaña en contra de "las palabras soeces".

¿Realmente son necesarios todos estos esfuerzos -los personales y los comunitarios- en contra de ciertas palabras? No hace mucho leía que en promedio, por cuestiones de capacidad cognitiva, nuestros círculos de amistades no sobrepasan las 175 personas... después de esa cifra tendemos a olvidar nombres, rostros, efemérides, conversaciones y todo aquello que nutre una relación de amistad. Hice el cálculo mental de cuántas de esas hipotéticas 175 personas que "me pertenecen", no dicen malas palabras. La respuesta fue inmediata: 1 persona, menos del 1 %. Repetí la pregunta a mis amistades cercanas y la respuesta no sufrió mayores variaciones. ¿Entonces no será inevitable aprender a estas palabras y frecuentarlas?

Llegado a este punto cedo la palabra a otra persona, alguien que puede explicarlo con mayor tino y decoro. A continuación un fragmento del ensayo "Palabras" del escritor Simon Leys:

"Los periódicos han dado a conocer últimamente los resultados de una encuesta realizada entre el público anglosajón para determinar las «cien palabras más hermosas» de la lengua. Una ojeada a esta lista, en la que, como cabía prever, la maternidad, la paz, la libertad, la primavera y el futuro ocupaban, como no podía ser menos, un lugar de honor, confirma que esta empresa bastante ingenua estaba condenada a la insignificancia, por la simple razón de basarse en un punto de vista ilusorio acerca del valor de las palabras: éstas, por sí solas, no tienen casi ninguno. En este sentido, ocurre con las palabras como con los colores, de los que Delacroix pudo decir: «Dadme lodo, haré con él carne de mujer de un color delicioso, con tal de que me dejéis elegir los colores que aplicaré alrededor».

Las palabras son por naturaleza neutras e indiferentes. Es de su contexto de donde sacan lo más vivo e intenso de su carga emocional. El racismo y el sexismo son una lepra del alma y deben ser combatidos sin piedad, pero la lucha contra el lenguaje racista o sexista yerra el blanco con harta frecuencia: así, esa revista estadounidense que —con la mejor de las intenciones— prohibía a uno de sus autores hacer mención a El negro del «Narcissus», o también esos periódicos franceses, no menos virtuosos, que creen apoyar la justa causa de las mujeres imprimiendo monstruosidades tales como «auteure» o «écrivaine»… Las palabras son inocentes; no hay ninguna perversión en el diccionario, ésta se halla toda en las mentes, y son éstas las que habría que reformar."
(Simon Leys, La Felicidad de los Pececillos, Acantilado, Pág. 57)

Las campañas familiares o universitarias contra las malas palabras están abocadas al error irremediablemente. Como bien señala Leys, las palabras en sí son neutras y yo, para ser optimista, lo más que puedo hacer es encauzar el uso que mi hijo haga de ellas. En cuanto a la Universidad y su campaña, lo ideal es que no esperasen demasiado por aquello del manido árbol que nace torcido. Si tenemos eso claro, nos podríamos ahorrar el tedio del lenguaje políticamente correcto y sin las malas palabras de rigor...

(1) Cuando le conté a la tertulia de #rudos (un mítico chat del IRC -que ha migrado de plataformas con el tiempo- dedicado precisamente al arte de injuriar que frecuento desde por lo menos 1997) los mexicanos me comentaron que en México ese remedio hubiese salido peor que la enfermedad, porque "pucha" en Mx se refiere al órgano sexual femenino y en Panamá, según los panameños de la misma sala, no deja de ser una palabra insultante. Para que vean que el convencionalismo en el lenguaje es siempre arbitrario.

viernes, 5 de septiembre de 2014

1959-2014


De nuevo más que hablar de un músico en particular, hablo de mí y de la "banda sonora" de mi vida. No recuerdo exactamente cuándo comencé a escuchar a Soda Stereo. "Te hacen falta vitaminas" o "Picnic en el 4B" son canciones tan antiguas en mi memoria que fijar su cronología exacta de aparición se me hace algo bien difícil . Como mucha de la música de los Ochentas que recuerdo, Soda Stereo también llegó a mis oídos por influencia de mis hermanos mayores. A propósito de ellos, ese recuerdo que sí tengo bien claro es la presentación en Viña del Mar 1987. El vergueo que armaron por monopolizar el televisor ese día -entonces sólo había uno en la casa- fue un hito de rebeldía en el entramado del poder familiar presidido por mi madre. Y sí, vi a Soda Stereo en esa presentación y vi a mis hermanos bailando y cantando sus canciones y desde ese momento supe que la música de Soda Stereo -y la de ese vocalista de pelo aparatoso a la Robert Smith- estaría asociada en mí a la Felicidad. De esa infancia lejana hay otros recuerdos: videos perdidos que daban los fines de semana en Vica TV o el anuncio del Sony Trinitron con las imágenes del video de En la Ciudad de la Furia. Luego la adolescencia con las expediciones al Centro de Tegucigalpa para conseguir los Albumes en Cassettes piratas o, cuando había dinero, comprarlos en el Palacio del Disco.

El Concierto de Soda vino en una época en la que el Rock en Español entraba en una especie de decadencia de la que creo no se ha recuperado. Los Caifánes se habían desintegrado el año anterior y para ese 1996, las dos bandas más importantes que quedaban también anunciarían su disolución. Entonces, cuando todavía escuchábamos emisoras en el dial, se rumoraba desde el año anterior, 1995, que el concierto sería en diciembre; un concierto doble, Soda Stereo y Héroes del Silencio en el mismo escenario. La predicción no se cumplió y en realidad tocaron el año siguiente: Soda Stereo el 2 de febrero y -creo- Héroes diecisiete días más tarde. Del suceso recuerdo poco: una borrachera monumental y los coros destemplados de la mara cantando canciones de una banda que todavía no terminaban de creer que tenían enfrente. También recuerdo la contrariedad al escuchar la versión lenta y con cuerdas de En la Ciudad de la Furia y los comentarios posteriores que señalaban la relativamente poca asistencia al concierto.

Después nuestras vidas siguieron con las "gracias totales" del disco que generó esa gira y aunque nos graduamos de la U, conocimos personas de las que nos enamoramos y luego nos desenamoramos, y aparentemente olvidamos a Soda y a Cerati -con su sorprendente, y para algunos extraña, carrera en solitario- ellos siguieron formando parte de la música ambiental de todas estas aventuras. En la gira del reencuentro, en el 2007, decidí hacerme a un lado, a pesar de tener invitaciones para irlos a ver a Panamá. Ya no necesitaba verlos de nuevo, ni escuchar la voz de Cerati. Ya eran parte ineludible de mis mitos personales. Esta mañana, a minutos de haberse hecho pública su muerte, me habló Liliana solamente para contarme y, como insinué al principio, más que sentir tristeza por él, sentí tristeza por mí. Tan íntima he vivido su música que su muerte ya no es precisamente su muerte, sino parte de mi pequeña muerte cotidiana. Me sentí como el personaje de aquel famoso cuento que cuando mira que han cambiado un anuncio de cigarros donde aparecía el rostro de su amor fallecido, siente la tristeza del paso inevitable del tiempo.

Los dejó con una de mis canciones favoritas, a la par de Signos:

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Noticias desde la República Bananera Libertaria de Honduras

Como bien señaló Borges, el verbo "amar" -como "leer"- no admite el imperativo. No se puede obligar a nadie a "amar" a su patria. El apego al ritual no despierta sentimientos reales. Esto no es "patriotismo", es "patrioterismo". Siempre he desconfiado de los nacionalismos y los patrioterismos. El orgullo del populacho, como decía Schopenhauer, sentirse orgulloso del lugar donde uno nació por mero accidente del destino, es algo a la vez divertido y triste. Este tipo de medidas, el culto obligatorio al Himno Nacional, es un trasunto del culto al Estado y por extensión indirecta el culto al Gobierno. No es casualidad que cuando alguien critica constantemente al Gobierno, no falte el activista o medio tarifado que acuse al crítico de "traidor a la Patria". Patria y Gobierno son dos cosas diferentes que se tienden a igualar. Al político esos equívocos le gustan y lo benefician ya que el vive de parasitar burocráticamente ese Gobierno. Personalmente nunca canto el Himno Nacional. A lo sumo sí, me llevo la mano al pecho, más que por sumisión, por sentido práctico, para no tener que perder mi tiempo explicándole a las demás personas por qué haría lo contrario. Ahora, con esta nueva ley, lo que hacía con indiferencia y a lo sumo con un comentario mental de ironía, lo haré con cierto dejo de molestia. En mi caso "patria" significa un apego a las personas y lugares en los que he crecido, por casualidad, en este país.