sábado, 21 de mayo de 2011

Un cuento de poetas




Aunque siempre escribo versos entonces la poesía me parecía una actividad de sumo peligro, algo así como consultar un oráculo. Con ese estado de ánimo vine a conocer a los Prosopoetas y con igual espíritu solemne me implicaron en su idea de acabar con la poesía. Esta seriedad era comprensible en un grupo tan marginal e iletrado que no lo alcanzaba ni el cliché. Un par de semanas antes se dedicaron a empapelar las calles del Centro anunciando la muerte de la poesía. No me incluí en el verbo porque desde joven, quizás desde niño, he tenido un notorio sentido del ridículo que lamentablemente confundo con el sentido del aquí y el ahora. Esto especialmente para los momentos de mayor seriedad. Y volviendo a la propaganda, el afiche era más bien una fotocopia de un dibujo a mano hecho por Rubén de una manada de jirafas con el cuello retorcido. Justo debajo del dibujo, escrito con letra molde de párvulo, Ernesto había añadido, basta de la poesía y su hiperrelato de jirafas. Después una lista con una docena de firmas. La mayoría de desempleados o enfermos mentales, lo más selecto de los poetas de la ciudad. A pesar de la propaganda el plan era más bien íntimo: subir al Merendón - al cerro más alto - leer un manifiesto y como punto final quemar una boina. Como era de esperarse, en todos los colectivos existe un Breton, la ceremonia iba a ser el día del cumpleaños de Ernesto, poeta joven por cumplir cincuenta años.

Al día de la quema asistimos únicamente tres personas: Rubén, Ernesto y yo. Ernesto le restó importancia a la falta de asistentes diciendo que a la última cena o al asesinato de Julio César habían llegado pocas personas. Cuántas menos personas más grande el impacto, esa fue su sentencia. Rubén encendió una pequeña fogata y colocó la boina sobre una piedra plana, pero creó que adivinó la incipiente vergüenza que flotaba en el lugar y decidió apagarla. Al fondo resaltaban los contornos de la ciudad a través de la cuadricula de sus luces. Ernesto se paró en otra piedra y yo abrí la primera botella de aguardiente.

- Sólo matando la poesía se puede hacer poesía, cabrones. – Ernesto levantó los brazos, con un gesto que se notaba ensayado – la poesía de los prosopoetas es un después de la vida…
- …¿No hay otra manera? – la voz ronca de Rubén contrastaba con su cuerpecito de niño – Eso ya lo han dicho otros…
- …No, Rubén. Sólo hay poesía si acabamos de una buena vez su hiperrelato de jirafas. – Ernesto hablaba a trompicones, daba la impresión de saber que si se detenía se acababa el discurso – Se acabó la belleza, ¡vamos por las rencas!
- ¿Qué es un hiperrelato de Jirafas? – me atreví a preguntar en un lapso de compostura y con las luces de la ciudad brillando en el fondo del vaso.
- Las jirafas tienen cuellos largos – Ernesto se había sentado en la piedra que daba al barranco frente a nosotros – y cuerdas vocales de igual tamaño, ¿pero saben algo?

Ambos guardamos silencio. Rubén quería fumarse un porro, pero el viento apagaba las cerillas. Yo observaba hacia abajo de tanto en tanto, hacia la calle perdida entre las copas de los arboles al pie del cerro. La pregunta de Ernesto se había quedado como uno de esos comentarios fuera de lugar. Como para relajar el momento, Ernesto se fue al carro y abrió la guantera en busca de papel higiénico. Después se perdió tras unos matorrales. Rubén y yo nos pasábamos la bacha y hablábamos de los últimos resultados de la Liga Nacional. La demora de Ernesto fue sospechosamente prolongada. Tanto así que nos terminamos la botella y los porros para poder pasar de la Liga Nacional a la lectura de algunos poemas. Rubén me leyó un poema suyo titulado “el buen cabroncito que soy”. No lo comprendí. Yo traté de lucirme – y lamenté que Ernesto no estuviese presente – y leí un poema escrito en Basic, una adaptación libre de un poema de Villaurrutia. Rubén dijo haberlo comprendido a la perfección. De tanto en tanto llamábamos a gritos a Ernesto y como respuesta escuchábamos los gemidos de lo que creímos eran animales nocturnos.

- Está cayendo rocío – Rubén me mostró las paredes nubladas de su vaso que contrastaban con sus manos pequeñas y flacas – deben ser como las tres de la mañana.
- No vamos a poder quemar la boina – mi mirada era distraída, sin ver al rostro. En el fondo ambos queríamos irnos y dejar todo olvidado. La boina ahora estaba perlada de gotas diminutas.
- Sí, esto ya se jodió. Mejor lo dejamos para otro día. – Rubén asintió viendo hacia el bosque.

Ernesto salió de los matorrales con el pelo revuelto y los ojos achinados y rojizos. No había terminado de abrocharse los pantalones y regresar al lado de nosotros cuando prosiguió como si se acabase de ir.

- A pesar de sus cuerdas vocales gigantes las jirafas son mudas, sus cuerdas son demasiado gruesas para vibrar. Al igual que la poesía y sus colas y olanes de pavorreal surrealista, sus escupitajos antipoéticos, sus picaportes coloquiales; hay que meterle vida a la poesía, mal aliento, violencia, sobre todo eso, la poesía ya no di…
- … viene la policía – los acababa de ver al comienzo de la cuesta de tierra que daba hacia nosotros – botá esa mota y las botellas al barranco.
- Dejálos que vengan y sean parte de la historia - Ernesto parecía dispuesto a todo, menos a quedarse callado.
- …

Los policías estacionaron la patrulla al lado de mi carro y se bajaron sonriendo con las manos a la espalda. Parecían un grupo de adolescentes que se cuentan alguna anécdota obscena. No lucían amenazadores, pero hubo algo de retorcido y violento en el tono de voz cuando se decidieron a ordenarnos poner las manos en alto y permitirles un cateo.

- A ver, señores, ¿cómo explican ese olor? – Olía a mierda fresca y mota quemada.
- ¡Es el olor de la poesía a punto de morir, chepo ignorante!

Uno de ellos, el que parecía el líder le dio un revés con la cara externa de la mano. Ernesto guardó silencio y comenzó a temblar. Sé que no temblaba de miedo, sino de frío; como si la mano que lo golpeó fuese un tempano de hielo. Después semejaba al hombre con más sueño en el mundo. Los policías tenían más prisa de la que aparentaban y alegaron una ordenanza municipal que permitía detener a quien estuviese en la calle después de la medianoche bajo la sospecha de vagancia. Ernesto y Rubén se subieron a la parte trasera del pick-up con la resignación de lo inacabado. En mi caso, uno de los policías me ordenó que siguiese a la patrulla y se montó en el asiento trasero de mi carro. Justo antes de arrancar me percaté de la boina abandonada y el policía siguiendo mi mirada llegó al mismo punto, a la piedra plana donde ésta descansaba. Esa va bien con el uniforme, dijo a la vez que se bajaba del carro para recogerla. ¿Por qué no nos entendemos y me deja ir?, pedí haciendo mi último intento y con la billetera en la mano. Frente a mí, a través del parabrisas, podía ver los contornos de Rubén y Ernesto, en la parte posterior del pick-up, y el vaivén con que sus siluetas esposadas se movían al ritmo de la patrulla que partía.

Nelson Ordóñez.